3 may. 2012

Por favor, cierra la puerta y déjame un rato.

No es lo que era, ni es lo que soy. Igual que poco importa lo que fuimos y ni a donde vamos.
Dicen que tengo una licencia para gritar sin preguntas predecesoras y que innatamente sé hacerlo. Y sin embargo no puedo.
Porque juro que no sé gritar.

El significado de las cosas no viene con ellas, viene en nosotros. Cada uno damos el significado a cada objeto ordinario, a cada sonrisa espontánea, a cada mirada accidental, a cada momento, a cada persona.
Entonces ¿por qué esperamos entender algo?
Es más ¿Cómo podemos pedir explicaciones a otros? Si nada nos saciará.
Queremos algo dado por el exterior a lo que poner una preciosa explicación que ya tenemos preparada, o esperamos a que se presente una oportunidad para colocarle esa realidad que esquivamos incesantemente.
Es así. O es perfecto, o duele, o estás ese espacio nulo, como tener la cabeza sumergida en el agua sin poder pensar en nada.
Agrupo los torbellinos emocionales y los huracanes de dudas.
Eso si, las condiciones siempre lo primero, aunque me vuelva loca. No correr riesgos, seguridad de que va a salir como lo planeado e infinitas gilipolleces más que lo único que terminan dejando claro es que no podrás hacer nada.

Rozar los limites del odio y del correr sin parar hasta que mi olor detrás de tu espalda se haga insoportable.

Y es algo inmenso, invisible e incomprensible.

Y yo sigo queriendo ir a tu ventana a tirar piedrecitas a tu cristal.

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