27 mar. 2012

Esa Brisa Que Se Cuela Entre Los Barrotes Del Balcón.

[Prepararse un té, salir a la terraza con la andrajosa manta de la residencia y sentarse a ver la noche]

Porque hay veces que coges cariño a una persona con poco, con pocas palabras, con pocos actos y cada día va reforzando, con su forma de ser y de hacer las cosas, las razones inexplicables del porque la quieres. Quieres a su yo natural. Un amigo, un familiar… que de repente se tiene que ir, lejos. Te da pena, no lo entiendes, piensas en una manera rápida para comunicarte con esa persona porque, entre medio hay un océano y es difícil. Y no quieres que se olvide, no del todo, que siga recordando algo porque tu la vas a recordar y aunque el espacio de tiempo haya sido leve por momentos echarás de menos sus cosas.
Sus leves cosas.

Luego puedes compartir espacios de tiempo muy pequeños, tan pequeños que escribir en un papel un guión básico con lo que has hecho sería fácil y te cabría en una servilleta que llevarías a todas las partes.
Porque nunca importa el qué se hace sino la intensidad con la que se vive cada momento. La fuerza. Que de ciento en viento cuando no pienses en nada recuerdes una frase estúpida que enlazó a aquella mirada, aquella caricia, a una carcajada. O vayas caminando por la calle y tengas que pararte de repente, a mirar a todas partes porque si, olía igual. ¿Y si está cerca?. No es solo la colonia, el gel, la crema… es el olor único de su piel y sus efectos devastadores. Porque si estabas pensando en algo.
En deshacer la maleta, la compra de la semana, organizar los apuntes, buscar una bibliografía, llamar a casa, a una amiga/o, ir a tal sitio, encargar ese libro, ir a por unos papeles al banco, a por un justificante a la universidad pero todo se paraliza porque crees haberlo olido.
Y la verdad, no has olido nada especial. Es como una necesidad primitiva y desordenada que viene y te lo da, a la par que te da una patada en el estómago.
De esta persona agudizas todas las cosas, su tono de voz, sus coletillas al hablar, las tontadas que le gustan, como tuerce la boca en cada una de sus sonrisas, como se le entrecierran los ojos cuando el aire le da de cara o cuando el sol le pega de frente, sus gestos cuando no quiere hablar pero te habla. Quieres a su yo natural, al inventado, al futuro, a la expectativa, al pasado, al que nunca llegará a ser, al idealizado. Su yo en todas sus variantes porque sabe abarcarlo todo estando sin estar.
Hay tan poca gente así, que quieres y sientes la necesidad irrevocable de anudarlo muy fuerte a las cosas que nadie te puede arrebatar.
Tus letras. Tus recuerdos. Tu caja de "trastos/cosas que guardar".

Y luego sigues pensando en mas chorradas.
Todo el mundo tiene momentos así.
Momentos en los que piensas en todo el mundo y necesitas estar sola. Para que cuando vuelvan puedan seguir encontrando una sonrisa. Es así.

Si no tienes miedo, no quieres y no sueñas no eres nadie, ni tienes nada.
Es por lo que sé que vivo. Que soy algo.

Sentir las vibraciones de la vida, cuando esta nos llama a gritos y queremos dormir cinco minutos más porque estamos bien, a nadie le interesa estar mejor cuando esta bien con algo. Solo quieres algo mejor cuando estás jodido.

Yo no estoy mal.
Solo quiero saber el vértigo que se puede sentir al estar arriba.
Si es cierto eso que dicen algunos locos sobre el límite de la felicidad.
Adicta a los vaivenes constantes. A bajar de repente hasta sentarme en la ducha abrazándome a las rodillas y levantarte y sentirte más alta que nadie.
Así es la vida. Con sus chorros de agua fría cuando menos te lo esperas, y sus bolsas de gominolas al bajarte del tren.

Que te parezcan infinitas las esperas, que te sorprendan por la espalda. Sonreír y besar a la vez. Soñar con imposibles por si acaso se cumplen, o para decir "por lo menos en mis sueños, si fue real".

Al fin y al cabo. Ser persona. De este mundo, con este aire, bajo este cielo.

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